viernes, 18 de noviembre de 2011


Esta semana se nos presentaron dos textos extraídos del libro Mal de Escuela de Daniel Pennac y Saber Perder de David Trueba, para hablar sobre los adolescentes en el entorno del aula y su relación con los profesores/as.

En el texto de Saber Perder, una adolescente de 16 años siente insatisfacción con todo lo que tiene en el momento presente pero también deseos: desearía tener 10 años más para salir del mundo que le está tocando vivir; preferiría la melena rubia o el pelo liso que tienen dos de sus compañeras de clase; desearía no tener los pechos tan grandes aunque hubo un tiempo en que suplicaba en secreto para que le crecieran…
El aula es un crisol de nacionalidades: un ecuatoriano, una bielorrusa, una china, quizás lo único que diferencia al instituto de los adolescentes que poblaban sus aulas cuando éste se fundó en 1932.
Los adolescentes perciben las clases como una insoportable sucesión de asignaturas donde nimiedades como el reflejo del sol que entra por el cristal tiene más interés que lo que les cuentan sus profesores. Pasan de clase en clase con la misma sensación, la misma falta de interés. Son muchas asignaturas y muchos profesores distintos, nada parece tener relación, ni siquiera hay una relación entre alumno y profesor/a. Se imparten prácticamente los mismos contenidos y se enseña casi de la misma manera que lo hacían los docentes de aquella primera promoción del instituto (algunos profesores son descritos como personas de otro tiempo que siguen vivas en la actualidad y siguen haciendo lo mismo que hacían antaño) donde el alumno/a es un receptor pasivo de conceptos y contenidos.
Los profesores son seres de otro mundo, ese mundo de los adultos que no tiene nada que ver con ellos/as y en el que no les permiten participar. Su obligación es estudiar y aprobar cada curso, y saca buenas notas que mira cómo está el mundo…. Pero ellos aprecian tanto que los adultos como sus profesores en el aula les alegren la clase para hablar de la realidad, pues hay vida más allá de las matemáticas y el inglés.

Este texto me ha recordado dos citas que leí en un artículo de Rafael Feito (Claves de razón práctica, Nº 188, 2008, pags. 72-77) :

“La escuela secundaria debe conseguir algo más que evitar el suicidio de los adolescentes. Debe suscitarles el goce de vivir... Me parece indiscutible que no lo hace y que en muchos aspectos no está a la altura de su misión, que es la de ofrecer un sustituto de la familia y despertar el interés por la vida que se desarrolla en el exterior, en el mundo”. Francesco Tonucci, ¿Enseñar o aprender? La escuela como investigación quince años después, Graó, Barcelona, 1990.

Recuerda a lo que narrase Stefan Zweig sobre la educación en Centro Europa a comienzos del siglo XX: “No se cansaban de repetirle al joven que no ‘estaba’ maduro todavía, que no comprendía nada, que se tenía que limitar a escuchar y a obedecer, y que no podía tomar las palabras en las conversaciones y, menos aún, para contradecir” El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Acantilado, Barcelona, 2001, pág. 59.


Respecto al texto de Pennac, me ha gustado especialmente tener en cuenta cuando trabajas con adolescentes cuán importante es una palabra amable, un gesto comprensivo, y sobre todo nada de reírse, y nunca olvidar que esto es un trabajo diario.
Cuando habla de cómo se explica y de lo poco efectivo que es utilizar un lenguaje ajeno a chicos/as adolescentes, he recordado lo que leí en el artículo arriba menscionado de Rafael Feito  sobre lo que dice el libro de Economía para 1º de Bachillerato: “El equilibrio del consumidor es el punto de tangencia de la curva de indiferencia más alta posible con la línea de restricción presupuestaria, dónde el consumidor alcanza la máxima satisfacción”, es decir, el consumidor compra lo que le gusta o le interesa cuando tiene dinero para ello.

Bueno, hoy ya no tengo más tiempo, seguiremos con el tema la próxima semana. Temino mi post con unas frases del texto de Pennac que espero tener siempre muy presente:

“Enseñar es volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como profesor”.

“Todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal”.

“Sabemos que el profesor espera de nosotros una respuesta acertada. Y resulta que no la tenemos en el almacén. Ni siquiera una errónea. No tenemos ni idea de lo que hay que responder. Apenas si hemos comprendido la pregunta que nos hacen. ¿Puedo confesárselo a mi profe? ¿Puedo decidirme por el silencio? No. Mejor será responder cualquier cosa. Con ingenuidad si, es posible. ¿No he acertado, señor? Crea que lo lamento. Lo he intentado y he fallado, eso es todo, póngame un cero y sigamos siendo amigos. La respuesta absurda constituye la diplomática confesión de una ignorancia que, a pesar de todo, intenta mantener un vínculo. Naturalmente, puede expresar también un acto de rebelión tipificado: me toca las narices, este profe, poniéndome entre la espada y la pared. ¿Acaso yo le hago preguntas?”.

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