Esta semana se nos presentaron dos textos extraídos del
libro Mal de Escuela de Daniel Pennac y Saber Perder de David
Trueba, para hablar sobre los adolescentes en el entorno del aula y su relación
con los profesores/as.
En el texto de Saber Perder, una adolescente de 16
años siente insatisfacción con todo lo que tiene en el momento presente pero también deseos:
desearía tener 10 años más para salir del mundo que le está tocando vivir;
preferiría la melena rubia o el pelo liso que tienen dos de sus compañeras de
clase; desearía no tener los pechos tan grandes aunque hubo un tiempo en que
suplicaba en secreto para que le crecieran…
El aula es un crisol de nacionalidades: un ecuatoriano, una
bielorrusa, una china, quizás lo único que diferencia al instituto de los
adolescentes que poblaban sus aulas cuando éste se fundó en 1932.
Los adolescentes perciben las clases como una insoportable
sucesión de asignaturas donde nimiedades como el reflejo del sol que entra por
el cristal tiene más interés que lo que les cuentan sus profesores. Pasan de clase en clase con la
misma sensación, la misma falta de interés. Son muchas asignaturas y muchos
profesores distintos, nada parece tener relación, ni siquiera hay una relación
entre alumno y profesor/a. Se
imparten prácticamente los mismos contenidos y se enseña casi de la misma
manera que lo hacían los docentes de aquella primera promoción del instituto
(algunos profesores son descritos como personas de otro tiempo que siguen vivas
en la actualidad y siguen haciendo lo mismo que hacían antaño) donde el alumno/a es un receptor pasivo de conceptos
y contenidos.
Los profesores son seres de otro mundo, ese mundo de los
adultos que no tiene nada que ver con ellos/as y en el que no les permiten
participar. Su obligación es estudiar y aprobar cada curso, y saca buenas notas
que mira cómo está el mundo…. Pero ellos aprecian tanto que los adultos como
sus profesores en el aula les alegren la clase para hablar de la realidad, pues hay vida más allá de las matemáticas y
el inglés.
Este texto me ha recordado dos citas que leí en
un artículo de Rafael Feito (Claves de
razón práctica, Nº 188, 2008,
pags. 72-77) :
“La
escuela secundaria debe conseguir algo más que evitar el suicidio de los
adolescentes. Debe suscitarles el goce de vivir... Me parece indiscutible que
no lo hace y que en muchos aspectos no está a la altura de su misión, que es la
de ofrecer un sustituto de la familia y despertar el interés por la vida que se
desarrolla en el exterior, en el mundo”. Francesco Tonucci, ¿Enseñar
o aprender? La escuela como investigación quince años después, Graó,
Barcelona, 1990.
Recuerda
a lo que narrase Stefan Zweig sobre la educación en Centro Europa a comienzos
del siglo XX: “No se cansaban de repetirle al joven que no ‘estaba’ maduro
todavía, que no comprendía nada, que se tenía que limitar a escuchar y a
obedecer, y que no podía tomar las palabras en las conversaciones y, menos aún,
para contradecir” El mundo de ayer. Memorias de un
europeo, Acantilado, Barcelona, 2001, pág. 59.
Respecto al texto de Pennac, me ha gustado
especialmente tener en cuenta cuando trabajas con adolescentes cuán importante
es una palabra amable, un gesto comprensivo, y sobre todo nada de reírse, y nunca olvidar que esto es un trabajo
diario.
Cuando habla de cómo se explica y de lo poco
efectivo que es utilizar un lenguaje ajeno a chicos/as adolescentes, he
recordado lo que leí en el artículo arriba menscionado de Rafael Feito sobre lo que dice el libro de Economía para 1º
de Bachillerato: “El equilibrio del consumidor es el punto de tangencia
de la curva de indiferencia más alta posible con la línea de restricción presupuestaria,
dónde el consumidor alcanza la máxima satisfacción”, es decir, el consumidor
compra lo que le gusta o le interesa cuando tiene dinero para ello.
Bueno, hoy ya no tengo más tiempo, seguiremos
con el tema la próxima semana. Temino mi post con unas frases del texto de
Pennac que espero tener siempre muy presente:
“Enseñar es volver a empezar hasta nuestra
necesaria desaparición como profesor”.
“Todo un año de escolaridad fastidiado no es
cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal”.
“Sabemos que el profesor espera de nosotros
una respuesta acertada. Y resulta que no la tenemos en el almacén. Ni siquiera
una errónea. No tenemos ni idea de lo que hay que responder. Apenas si hemos
comprendido la pregunta que nos hacen. ¿Puedo confesárselo a mi profe? ¿Puedo
decidirme por el silencio? No. Mejor será responder cualquier cosa. Con
ingenuidad si, es posible. ¿No he acertado, señor? Crea que lo lamento. Lo he
intentado y he fallado, eso es todo, póngame un cero y sigamos siendo amigos.
La respuesta absurda constituye la diplomática confesión de una ignorancia que,
a pesar de todo, intenta mantener un vínculo. Naturalmente, puede expresar
también un acto de rebelión tipificado: me toca las narices, este profe,
poniéndome entre la espada y la pared. ¿Acaso yo le hago preguntas?”.
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