K. Johnstone, Notas sobre mi mismo:
Se les hacen comentarios a los adolescentes alabando ese momento de la juventud como si ser adulto conllevara adentrarse
en un mundo de tinieblas y preocupaciones donde la alegría y la imaginación no
tuvieran cabida, o como dice Johnstone (1990) en el capítulo Notas sobre mi mismo “pensé que el empañamiento de la percepción
era una consecuencia inevitable de la edad […] de tal modo que yo veía lo que debía estar ahí, lo que obviamente es
mucho menos interesante de lo que está ahí.
El empañamiento no era una consecuencia inevitable de la edad, sino de la
educación”.
No es la misión del docente “adiestrar” el
pensamiento y la forma de razonar de sus alumnos/as, o en palabras de Johnstone
(1990) ”imponerle mi realidad”. Tal vez si
reaprendemos a educar respetando la espontaneidad del aprendiz y no
utilizamos su inteligencia como único baremo de la valía personal y
profesional, dentro de unos años los alumnos/as recordarán la escuela como
aquel lugar que les ayudó en su proceso de desarrollo y no como aquel que
atrofió sus sentidos para percibir a través de los sentidos de los profesionales. Si como docentes
influimos en su desarrollo, debemos apoyarles en lugar de convertir el proceso
de aprendizaje en algo destructivo que lleve a pensar a los alumnos/as que los
que ellos/as hacen o piensan es erróneo y el docente y/o el adulto tienen toda
la razón en aquello que dicen/hacen.
Tampoco estoy alentando el dejar que los adolescentes hagan lo que
quieran, sino que los estudiantes vean en el docente a un guía en su proceso de
aprendizaje, que valore sus opiniones, sus respuestas, y no las considere
erróneas simplemente porque no siguen “la norma”. Y de esta manera, permitir
que fluya la espontaneidad en los alumnos/as, esa espontaneidad que sólo puede
surgir cuando no sientes sobre ti que se va a juzgar, infravalorar o calificar
lo que dices y/o cómo lo dices.
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